Dia tras dia, las mismas discusiones de siempre. Los mismos problemas y la misma rutina. El segundo puesto en el "Territorio Bosco" no había sido el acicate que todos esperabamos para volver a encontrar las razones de porqué volver al local de ensayo con las mismas ganas que al principio. Por lo menos en lo que a mi me tocaba. El ambiente en el local era ya muy distinto por aquellas fechas. Adae ya había pasado a un segundo plano en mi vida y era evidente (supongo) que mi grado de implicación en el grupo era ya muy escaso. Seguía subiendo como siempre al local por varias razones, como podían ser la rutina (tras seis años casi de miercoles sabado y domingo localeros) o las ganas de ver a mis compañeros y echarme unas risas. Lo que antes era una obligación ineludible ahora se había convertido para casi todos en algo de lo que escaquearse cuando era posible.
Pero poco a poco, todo se iba terminando aunque nos empeñasemos en seguir adelante con ello. Yo ya no me divertía, sentía que musicalmente quería hacer otras cosas distintas a Adae, y cada vez que llevaba alguna cosa nueva al local todo eran pegas y salía frustrado. En el caso de aquellos temas que sí que eran del agrado de todos ya no trabajaba con la misma intensidad que otras veces, y comencé un pequeño romance con la procrastinación. Había perdido el interés y únicamente dedicaba tiempo a la composición cuando la musa estaba de mi lado y no me suponía ningún esfuerzo ponerme a grabar pistas de lo poco que me pasaba por la cabeza.
Por otra parte el resto de los miembros de Adae tenía sus problemas y sus preocupaciones, que también eran motivo de roce. Llegado a un punto, tras una bronca mayor de lo habitual por un asunto de repertorio, Jorge (bajista) decide dejar Adae. Yo nada mas enterarme de todo decido dejarlo también. Estaba tremendamente cansado de todas estas historias y mental y psicológicamente ya no daba mas de mi. Aunque el futuro del grupo es muy incierto, decidimos continuar hasta complir con las dos actuaciones que teníamos apalabradas en ese momento, en las fiestas de León, como semifinalistas del Bosco, y en la semana negra de Gijón, en la carpa del Noise. Personalmente yo quería mandar a paseo el concierto de Asturias, estaba ansioso por terminar con todo de la manera mas rápida ...
Pues pasó el tiempo y la organización del Bosco nos llamó para darnos a elegir entre dos días para tocar. Ambos eran Lunes y ambos eran a las 23:00. Como ambos días eran nefastos elegimos el primero ya que el segundo era el último día de las fiestas y supusimos que iría a vernos todavía menos gente. Tras un breve contacto por email por parte del responsable del ayuntamiento, respondí el correo interesandome por la organización el escenario y si recibiriamos algún dinerillo por tocar esa noche. En dos semanas lo único que recibí del ayuntamiendo fue un pdf con el programa de fiestas.
El viernes anterior al concierto el técnico de sonido se puso en contacto conmigo. Malas noticias. Nuestra actuación iba después de una exhibición de la escuela de danza de León. Querían el escenario vacio para su actuación y nos planteaban la opción de probar los primeros o probar antes de tocar ya que no nos daban la posibilidad de dejar nuestro equipo en el escenario. Sin llegar a creerme del todo semejante cagada, esperé a hablar con mis compañeros para darle una respuesta, que encima tenía que ser lo antes posible. Estaba claro que habían metido nuestra actuación con calzador de cualquier manera. Decidimos dejar todo probado y montado y plantar cara a la escuela de música, ya que no nos parecía de recibo empezar a montar probar sonido a la hora que les diera la gana y empezar la actuación nada mas terminar la prueba. En cualquiera de los dos casos el resultado iba a ser nefasto.
Teníamos que estar a las cinco de la tarde en la plaza mayor, y puntuales como siempre, allí estabamos con la sonorización a medio montar. Aparcamos como pudimos y tras un leñazo a un macetón de la plaza con la furgo comprobamos con desesperación que aún quedaba mucho para que el escenario estuviese preparado. Aquella tarde hacía un sol matador, y mientras descargamos el equipo en el escenario nos chupamos una torraera impresionante sobre un escenario totalmente pintado de negro de un tamaño kilométrico. Sudando como pollos, lo único que podíamos hacer era esperar a que todo estuviese preparado para poder empezar las pruebas. Pasaba el tiempo y aquello parecía no terminar nunca, desesperados y quemados (y no por el sol) nuestro cabreo crecía y crecía cada vez mas. Apenas empezada la prueba aparecieron dos responsables de la escuela de danza que de no muy buenas maneras empezaron a interrogarnos sobre cuanto ibamos a tardar y de paso a dejarnos bien claro que teníamos que hacer desaparecer los cacharros del escenario. Nosotros ignoramos educadamente a estas señoras y continuamos tranquilamente con nuestra prueba, no queríamos entrar en conflicto con nadie pero el escenario también lo usaríamos nosotros y teníamos el mismo derecho. El calor seguía pegando duro. La prueba se demoraba ante las miradas nerviosas, resoplidos y comentarios malhumorados de nuestras acosadoras faranduleras. La plaza se llenó de sillas que aprovecharon las abuelas de las niñas que iban a salir a rebotar por el escenario preguntandonos que cuando ibamos a terminar. En esos momentos solo quería unas cuantas toneladas de napalm cayendo del cielo directamente sobre la plaza de las palomas.
Apenas terminada la prueba ya teníamos a la escuela de danza en el escenario haciendo valer su derecho de pernada, y gracias a la mediación del técnico pudimos colocar los amplis tras un telon de fondo, pero el problema fue la batería. Toda la batería, montada al completo, fue movida en volandas sobre la tarima que estaba colocada hacia un espacio situado entre la rampa del camión de la empresa de sonido y la rampa del escenario, en mediano equilibrio. Manu estaba aterrado ante la posibilidad de golpes, caidas, destrozos o curiosos con ganas de tocar cosas.
Tras mas de dos horas bajo un sol matador y una sudada sin precedentes en la historia del sudor (calculo que entre el sol y el escenario negro estaríamos a unos 40 grados), salimos de allí espantados sin ganas de saber nada de lo que allí se estaba preparando. Acabamos en "El Tiento" tomando unas cañas, y después, en casa de Manu viendo un directo de Boston mientras este último se duchaba.
Todo este tiempo se me hizo interminable, en lo único que podía pensar era que este sería nuestro último concierto y que se acabaría todo.
Cuando volvimos a la plaza, todo estaba lleno de gente maravillada con la actuación de la escuela de danza. Yo lo único que podía hacer era contemplar todo el montante impacientemente y dejar que pasase el tiempo para ver si terminaban. Y como es inevitable en esta vida terminaron. Cuando por fin el escenario se vació volvimos a colocar todo en su sitio mientras la plaza se vaciaba a velocidad luz. Volvieron a aparecer por ahi las chicas de Turismo y alguno mas de nuestros compañeros. Mis padres, familiares y amigos aparecieron por ahi, como alguno mas de los que nos seguían, y la mayoría sin saber que este iba a ser nuestro primer adios.
En el tiempo de espera para empezar la actuación tuvimos de todo, inalambrico que no funcionaba bien, mas calor, menos calor, y el clásico yonki colgado que quería subir al escenario a dar la nota. Por cierto, ni un representante de la policia local, servicios medicos o procección civil. Y eso que iba a ser una noche de Heavy Metal!
Y por fin comenzó nuestra última actuación. Que no fué la mejor, ni mucho menos. Si esto fuera una película de Hollywood o una teleserie habríamos dado el concierto de nuestras vidas, con un sonido espectacular y miles de fans aclamandonos en nuestra última noche. Pero esto era la vida real, y siempre diferente a lo que vemos en la ficción. Mi actuación fue desastrosa. Solo me preocupé de pasarlo bien y me olvidé por completo de si todo sonaba como debería o si lo tocaba como debería. Y asi salió. La plaza estaba practicamente vacía, pero al menos, los pocos que estaban nos aplaudian con cariño (eso quiero creer). Por otra parte, el repertorio que llevabamos era bastante escaso, una hora, y lo estabamos ventilando a velocidad de vértigo.
Pero en un punto del concierto empezamos a notar que Manu perdía el ritmo de una manera alarmante. Cuando nos giramos para ver que estaba pasando nos dimos cuenta que este estaba totalmente blanco. Algo no iba bien. Acabó como pudo el tema y nos dijo que se encontraba fatal, tremendamente mareado y que no podía seguir tocando. A los pocos segundos cayó redondo en el suelo. Raúl comenzó a interactuar con el público dandonos tiempo a reaccionar a todos frente a lo que estaba pasando. Tras un poco de agua, piernas en alto y mucho aire Manu volvió a recuperarse. Manu se incorporó como pudo y tras despejarse un poco, decidimos pasar directamente a los dos últimos temas del repertorio, a petición suya.
Y así acabó nuestro primer adiós, sin pena ni gloria. Total y anodinamente, sin entusiasmo, sin adrenalina, simplemente fue una muesca mas en el revolver.
Recogimos la impedimenta. Las chicas de turismo querían tomar unas cervecitas con nosotros, pero tras hacerlas esperar un buen rato (el dios del metal me castiga todos los dias por hacerlas esto) les tuve que decir que no podíamos ir con ellas. Manu seguía encontrandose fatal y decidí llevarle a casa en su coche. No nos podíamos arriesgar a que le diera otro bajon conduciendo. Inexplicablemente el público ni se enteró de todo lo ocurrido.
Pasados pocos días y habiendo decidido subir a ensayar únicamente la semana anterior al concierto de Gijón, Jorge me llamó al móvil y me preguntó si mi decisión de abandonar Adae era irrevocable. Y sinceramente, no lo era.
El viernes anterior al concierto el técnico de sonido se puso en contacto conmigo. Malas noticias. Nuestra actuación iba después de una exhibición de la escuela de danza de León. Querían el escenario vacio para su actuación y nos planteaban la opción de probar los primeros o probar antes de tocar ya que no nos daban la posibilidad de dejar nuestro equipo en el escenario. Sin llegar a creerme del todo semejante cagada, esperé a hablar con mis compañeros para darle una respuesta, que encima tenía que ser lo antes posible. Estaba claro que habían metido nuestra actuación con calzador de cualquier manera. Decidimos dejar todo probado y montado y plantar cara a la escuela de música, ya que no nos parecía de recibo empezar a montar probar sonido a la hora que les diera la gana y empezar la actuación nada mas terminar la prueba. En cualquiera de los dos casos el resultado iba a ser nefasto.
Teníamos que estar a las cinco de la tarde en la plaza mayor, y puntuales como siempre, allí estabamos con la sonorización a medio montar. Aparcamos como pudimos y tras un leñazo a un macetón de la plaza con la furgo comprobamos con desesperación que aún quedaba mucho para que el escenario estuviese preparado. Aquella tarde hacía un sol matador, y mientras descargamos el equipo en el escenario nos chupamos una torraera impresionante sobre un escenario totalmente pintado de negro de un tamaño kilométrico. Sudando como pollos, lo único que podíamos hacer era esperar a que todo estuviese preparado para poder empezar las pruebas. Pasaba el tiempo y aquello parecía no terminar nunca, desesperados y quemados (y no por el sol) nuestro cabreo crecía y crecía cada vez mas. Apenas empezada la prueba aparecieron dos responsables de la escuela de danza que de no muy buenas maneras empezaron a interrogarnos sobre cuanto ibamos a tardar y de paso a dejarnos bien claro que teníamos que hacer desaparecer los cacharros del escenario. Nosotros ignoramos educadamente a estas señoras y continuamos tranquilamente con nuestra prueba, no queríamos entrar en conflicto con nadie pero el escenario también lo usaríamos nosotros y teníamos el mismo derecho. El calor seguía pegando duro. La prueba se demoraba ante las miradas nerviosas, resoplidos y comentarios malhumorados de nuestras acosadoras faranduleras. La plaza se llenó de sillas que aprovecharon las abuelas de las niñas que iban a salir a rebotar por el escenario preguntandonos que cuando ibamos a terminar. En esos momentos solo quería unas cuantas toneladas de napalm cayendo del cielo directamente sobre la plaza de las palomas.
Apenas terminada la prueba ya teníamos a la escuela de danza en el escenario haciendo valer su derecho de pernada, y gracias a la mediación del técnico pudimos colocar los amplis tras un telon de fondo, pero el problema fue la batería. Toda la batería, montada al completo, fue movida en volandas sobre la tarima que estaba colocada hacia un espacio situado entre la rampa del camión de la empresa de sonido y la rampa del escenario, en mediano equilibrio. Manu estaba aterrado ante la posibilidad de golpes, caidas, destrozos o curiosos con ganas de tocar cosas.
Tras mas de dos horas bajo un sol matador y una sudada sin precedentes en la historia del sudor (calculo que entre el sol y el escenario negro estaríamos a unos 40 grados), salimos de allí espantados sin ganas de saber nada de lo que allí se estaba preparando. Acabamos en "El Tiento" tomando unas cañas, y después, en casa de Manu viendo un directo de Boston mientras este último se duchaba.
Todo este tiempo se me hizo interminable, en lo único que podía pensar era que este sería nuestro último concierto y que se acabaría todo.
Cuando volvimos a la plaza, todo estaba lleno de gente maravillada con la actuación de la escuela de danza. Yo lo único que podía hacer era contemplar todo el montante impacientemente y dejar que pasase el tiempo para ver si terminaban. Y como es inevitable en esta vida terminaron. Cuando por fin el escenario se vació volvimos a colocar todo en su sitio mientras la plaza se vaciaba a velocidad luz. Volvieron a aparecer por ahi las chicas de Turismo y alguno mas de nuestros compañeros. Mis padres, familiares y amigos aparecieron por ahi, como alguno mas de los que nos seguían, y la mayoría sin saber que este iba a ser nuestro primer adios.
En el tiempo de espera para empezar la actuación tuvimos de todo, inalambrico que no funcionaba bien, mas calor, menos calor, y el clásico yonki colgado que quería subir al escenario a dar la nota. Por cierto, ni un representante de la policia local, servicios medicos o procección civil. Y eso que iba a ser una noche de Heavy Metal!
Y por fin comenzó nuestra última actuación. Que no fué la mejor, ni mucho menos. Si esto fuera una película de Hollywood o una teleserie habríamos dado el concierto de nuestras vidas, con un sonido espectacular y miles de fans aclamandonos en nuestra última noche. Pero esto era la vida real, y siempre diferente a lo que vemos en la ficción. Mi actuación fue desastrosa. Solo me preocupé de pasarlo bien y me olvidé por completo de si todo sonaba como debería o si lo tocaba como debería. Y asi salió. La plaza estaba practicamente vacía, pero al menos, los pocos que estaban nos aplaudian con cariño (eso quiero creer). Por otra parte, el repertorio que llevabamos era bastante escaso, una hora, y lo estabamos ventilando a velocidad de vértigo.
Pero en un punto del concierto empezamos a notar que Manu perdía el ritmo de una manera alarmante. Cuando nos giramos para ver que estaba pasando nos dimos cuenta que este estaba totalmente blanco. Algo no iba bien. Acabó como pudo el tema y nos dijo que se encontraba fatal, tremendamente mareado y que no podía seguir tocando. A los pocos segundos cayó redondo en el suelo. Raúl comenzó a interactuar con el público dandonos tiempo a reaccionar a todos frente a lo que estaba pasando. Tras un poco de agua, piernas en alto y mucho aire Manu volvió a recuperarse. Manu se incorporó como pudo y tras despejarse un poco, decidimos pasar directamente a los dos últimos temas del repertorio, a petición suya.
Y así acabó nuestro primer adiós, sin pena ni gloria. Total y anodinamente, sin entusiasmo, sin adrenalina, simplemente fue una muesca mas en el revolver.
Recogimos la impedimenta. Las chicas de turismo querían tomar unas cervecitas con nosotros, pero tras hacerlas esperar un buen rato (el dios del metal me castiga todos los dias por hacerlas esto) les tuve que decir que no podíamos ir con ellas. Manu seguía encontrandose fatal y decidí llevarle a casa en su coche. No nos podíamos arriesgar a que le diera otro bajon conduciendo. Inexplicablemente el público ni se enteró de todo lo ocurrido.
Pasados pocos días y habiendo decidido subir a ensayar únicamente la semana anterior al concierto de Gijón, Jorge me llamó al móvil y me preguntó si mi decisión de abandonar Adae era irrevocable. Y sinceramente, no lo era.